
jueves, mayo 26, 2011
Cómo no publiqué mi segundo libro

miércoles, mayo 18, 2011
AZARES LITERARIOS
jueves, marzo 10, 2011
De frikis y gafapastas

Todos los fines de semana –y muchos días laborables– los pasábamos en la sala oscura. Digo “sala oscura” porque nos daba igual filmoteca, que multicines, que grandes locales que antes fueron teatros y ahora vuelven a serlo... si es que tienen la suerte de sobrevivir. El caso es que veíamos de todo y en todas partes.
Íbamos a ver Godzilla con la misma alegría con que nos metíamos a Rompiendo las olas, y nos aburríamos igual con las dos. Pero habíamos disfrutado mucho con Independence Day y más tarde vimos Dancer in the dark, que nos fascinó, por lo que estuvimos mucho tiempo sin saber si Roland Emmerich era mejor que Lars von Trier o viceversa. Al final decidimos que los buenos eran Billy Wilder (que aún seguía vivo) y Ridley Scott (que aún hacía buenas películas), por lo que se acabó la discusión.
A veces íbamos a ver la tercera entrega de Arma letal y salíamos echando pestes. Otras veíamos una de Paul Verhoeven que no estaba mal. Otras decidíamos meternos a una comedia romántica porque tenía la firma de Rob Reiner. Y, alguna vez, nos salíamos del cine cuando Demi Moore se quitaba la ropa. En una ocasión descubrimos a un realizador muy original que había hecho una película sobre unos ladrones encerrados en un almacén. El tío se llamaba Quentin Tarantino, y nos costó aprendernos el nombre. Pero al final nos lo aprendimos y lo utilizábamos en nuestras conversaciones cotidianas. Y los diálogos de la película, ya de paso, también. ¿Sabes de qué va Like a Virgin?
En el local de la radio hacíamos ciclos de cine y proyectábamos películas como Blade Runner o Una noche en la ópera. Como Un pez llamado Wanda o Ultimátum a la Tierra. En casa hacíamos maratones de Star Wars y de Woody Allen. Y en la videoteca nos tragábamos ciclos de Hitchcock, Welles, Wilder, Capra y Lubitsch. Al salir, hablábamos sobre ello. Leíamos libros y biografías de directores. Escuchábamos a Pumares por las noches. Y comprábamos el Fotogramas cada mes.
También íbamos a ver clásicos a la filmoteca, y nos quedábamos sin entradas para El hombre tranquilo o nos atracaban tras salir de ver La costilla de Adán. No nos perdíamos ningún estreno importante, casi siempre en versión doblada, aunque de vez en cuando nos íbamos de excursión a la capital (sí, vivíamos en municipios circundantes) y veíamos joyas en versión original. O las últimas de Disney, que para el caso es lo mismo. Cuando habíamos visto todos los estrenos importantes, íbamos a ver películas que no conocía nadie. A veces nos alegrábamos. Otras, no.
Montamos un festival de cine al que asistieron Juanma Bajo Ulloa, Álex de la Iglesia, Santiago Segura (antes de Torrente), Javier Fesser (antes de Petinto) o Jaume Balagueró. Pasábamos horas viendo todo lo que nos echaban. Y cuando salíamos, nos íbamos a tomar un café o una copa y hablábamos de si el Batman vuelve de Tim Burton era una maravilla o una porquería, o de si el salto de eje de La diligencia estaba premeditado, o de si Pierce Brosnan era mejor Bond que Timothy Dalton, o de que si el mcguffin era algo más mítico que real.
Cuando no estábamos en el cine, escribíamos guiones y rodábamos cortos. Éramos gente extraña, pero formamos un buen grupo. Con algunos mantengo el contacto. De otros nunca más se supo.
No sabíamos lo que era un screening, ni un streaming. Grabábamos las películas de Cineclub en VHS y las veíamos al día siguiente. Y descargarse una foto de Tracy Lords (con o sin ropa) llevaba una eternidad.
En esa época no había frikis ni gafapastas, o, si los había, no se les llamaba así. A nosotros nadie nos llamaba frikis ni gafapastas.
A nosotros nos gustaba el cine.
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viernes, febrero 18, 2011
MÁSCARAS

En Balada triste de trompeta, la última película de Álex de la Iglesia, dos bandos se enfrentan a muerte en una España dividida y dos payasos (el triste y el tonto) hacen lo propio por el amor de una trapecista. En otra de sus películas, Muertos de risa, dos cómicos se enfrentan también a muerte, avivados por los celos, la envidia y la incapacidad para compartir el éxito. Si nos remontamos a los orígenes del cineasta, descubriremos que en Acción mutante dos hombres desfigurados se enfrentaban a muerte por venganza, dinero y el amor de una niña pija con inquietudes marxistas. Resulta evidente, por tanto, que hay dos temas recurrentes en el cine del ya casi ex presidente de la Academia: los individuos anómalos y marginales, y la divergencia de intereses resuelta con violencia.
Estos días hemos asistido a un espectáculo con el sello De la Iglesia. Dos facciones claramente enfrentadas, apasionada violencia verbal en las redes sociales, individuos con máscaras y narices rojas en alfombras del mismo color, y la imposibilidad de conciliar esas divergencias. Desde uno de los frentes (el menos numeroso), creadores, empresarios y políticos meten el miedo en el cuerpo al personal con palabras como “juez”, “cierre”, “piratería”, “desempleo” y otros horrores. Desde el otro frente se ondean insignias como “libertad”, “democracia”, “fin de los abusos”, etc. Unos piensan que lo bueno se acaba; otros que lo bueno empieza ahora. Si nos dejan. Ambos tienen razón y ambos se equivocan, y sobre todo, los dos elaboran sus premoniciones basándose en la mera hipótesis. Porque la verdad es esa: con ley o sin ley, nadie sabe con certeza lo que va a ocurrir.
Se ha hablado mucho de si Internet y las descargas favorecen o perjudican al creador. En realidad, el creador no le importa a nadie... excepto al creador. El empresario quiere mantener su modelo de negocio y que éste vuelva a ser rentable; el consumidor (la Humanidad al completo, vaya) que le ofrezcan contenidos de calidad del modo más sencillo y barato posible. Mientras las balas silban, el autor tiene dos opciones: resignarse a ver qué pasa y seguir trabajando como si no fuera con él la cosa, o luchar en uno de los dos bandos. Si apoya a “los de la ley” porque piensa que así mantendrá sus ingresos y su estatus, se enfrentará a su público y a la mucha o poca popularidad que haya recogido durante su trayectoria le saldrá un prefijo im delante que no le beneficiará en nada. Si apoya a los de la máscara para contar con el respaldo de la mayoría, puede que le funcione, pero quizás esté recibiendo la peor de las traiciones: la que uno se inflige a sí mismo.
Si ha llegado hasta aquí, imagino que querrá saber si este es un artículo en contra o a favor de la ley Sinde (vamos, reconózcalo, no pasa nada). Pues siento decepcionarle, porque nadie me ha pedido mi opinión. Ni siquiera sé si la tengo, pero el ambiente que se vive en la calle y en la red (que es como la calle, pero mucho más activa) invita a la reflexión; así que me he obligado a pensar en ello brevemente y al final he optado por la prudencia en vez de por la defensa apasionada de algo que aún no sé qué es. Les cuento: sé que la red se ha convertido en el establecimiento de contenidos más grande del mundo, y que millones de personas recurren a él para conseguir música, cine y lectura. Yo no. A mí (y subrayo el “a mí”) no me importa que cierren una página desde la cual uno se puede bajar series de televisión, películas o la discografía completa de John Lee Hooker. A mí me importó que cerraran Madrid Rock y las tiendas de discos de la calle Tres Cruces, pero reconozco que esa es una cuestión de costumbres y sensibilidades.
Por otro lado, llevo cinco años poniéndome y quitándome la máscara de novelista. Pero también la de guionista, la de contertulio, la de articulista, la de tutor de taller literario y otras que me reservo para mí. Todas ellas me permiten vivir haciendo lo que me gusta; a veces con más holgura, otras con apreturas, como todo hijo de vecino en estos tiempos que corren (y nos corren a gorrazos). Con esto quiero decir que no vivo de escribir y publicar novelas (¿quién lo hace?), y por tanto no pertenezco al sufrido grupo de autores que temen perderlo todo por culpa de la libre circulación de sus obras por la red. Las mías están, y me sorprende. Es más: hasta me hace ilusión. Principalmente porque algunas no están en las tiendas, y soy de los que piensan que es mejor que te lean a que no te lean.
No quiero engañarme ni engañar a nadie. Para ganarme la vida, ya tengo las otras máscaras. Si es la de payaso triste o la de payaso tonto, dependerá de la ocasión.
viernes, diciembre 24, 2010
MARISCO CONGELADO
Las tres horas de cola se hacen duras, pero me entretengo dejando que las historias de la gente que tengo a mi alrededor me envuelvan como una agradecida manta. Yo soy nuevo, pero Laura ya ha hecho esto otras veces. Este es su antiguo barrio, y para ella y su familia era una práctica habitual, aunque hoy dice que hay más gente que otras veces. “Antes había más cafeterías, y negocios familiares. Ahora son todo tiendas de chinos”. Como para ilustrar esta sentencia, pasa un BMW deportivo conducido por una mujer china. La mirada de Laura se empaña de nostalgia al recordar a su abuela. Los ausentes siempre están presentes en estas fechas, y más si su presencia fue tan importante, necesaria e influyente como la de la abuela de Laura. A nuestro lado, una niña de ojos tímidos y sonrisa callada se resigna a pasar frío dentro de sus botas altas mientras su abuela nos cuenta que viene de la otra punta de Madrid sólo para conseguir marisco para sus nietos y su yerno. “Yo no lo como, pero a ellos les encanta”.
La cola avanza lenta, al ritmo del vaho que sale de nuestras bocas. De vez en cuando alguien pide que le guarden el sitio y entra en una cafetería para calentarse las manos y el estómago con un café o un té. Cuando Laura se acoge a este necesario recreo, yo me quedo en la fila y aprovecho para echarle un vistazo a El País, y me entero de que Gabilondo se ha ido de CNN + (y CNN + también), de que a Javier Bardem le han pagado una pasta por escribir un artículo en contra del rechazo de la Ley Sinde, de que en Roma han explotado unos paquetes bomba y de que entre los mejores libros del año no hay ninguna novela negra. Laura vuelve con unos guantes que ha comprado en una tienda de chinos ubicada en el local que antes albergara una mercería. Al poco, el encargado del cocedero sale a darnos la mala noticia: “Sólo quedan cien kilos de marisco”. “¿No hay cigalas?”, pregunta con tristeza la niña de ojos tímidos. Laura quiere un buey para su madre, recién operada, pero estos están a punto de seguir los pasos del centollo, extinto en el escaparate desde hace varios minutos. Algunos desertan, pero la mayoría aguantamos, inasequibles al desaliento, al frío, al dolor de pies y a la incertidumbre: ¿quedará algo cuando por fin nos toque? Nadie nos lo asegura.
Ya tocamos el escaparate. La gente teme que el gitano del abrigo hasta los pies arramble con las pocas nécoras que quedan. Pero no. El gitano está de luto, y este año sólo gastará 50 euros. El año pasado gastó 400. Ya estamos casi dentro. Laura necesita otro café, así que me quedo en la cola. Observo a la abuela, que se queja del frío, y a la nieta, que no se queja, pero expresa con su triste silencio su pesar por la ausencia de cigalas. Entonces pienso en Laura y en su abuela, y en el orden cíclico de las cosas. Algún día esa abuela no estará, y la niña será abuela, y quizás vaya con su nieta a comprar marisco el día de Navidad, y alguna antigua nieta se acuerde de su abuela, y su mirada se empañe.
Laura regresa y noto en su expresión la huella de algo que ha pasado. Me cuenta que, cuando salía de la cafetería, se encontró a un hombre llorando. “¿Está bien”, preguntó ella. “No. Es Navidad y mis padres murieron este año. Siempre venía con ellos a comprar marisco. Y ahora... Creo que ha sido una mala idea venir aquí, pero...” El final de su discurso se funde en una serie de incontrolables sollozos. Laura pregunta si puede hacer algo por él. “No”, pero enseguida rectifica: “Quizás una sonrisa tuya...”. Laura le regala una sonrisa, y sé por experiencia que la sonrisa de Laura es capaz de sanar la herida más honda.
Llega nuestro turno. Pedimos lo que podemos (ya no queda casi nada) y deseamos feliz noche a los que aguardan detrás de nosotros. Todos ellos son ya parte de nuestra Navidad, igual que nosotros lo somos de la suya: la abuela y la nieta, el joven de las patillas, la chica de las uñas rojas, el lector de los puritos. Y también un joven desconsolado que quizás esta noche recuerde la sonrisa de Laura. Mientras escribo estas líneas, yo también la recuerdo.
Feliz Navidad a todos.
miércoles, octubre 20, 2010
PARADOJA HOSPITALARIA
jueves, octubre 14, 2010
ORGULLO FRIKI

Tiene ya unos cuantos días, pero hoy me he enterado de que Javier Cercas publicó en El País un aleccionador artículo titulado Teoría del friki que ha supuesto una revolución en el uso que el común de los mortales (y especialmente la clase privilegiada) lleva tiempo haciendo del término.
Por fin, frikis y frikesas que del mundo hemos sido, nuestra tan gozosa como sufrida condición tiene un ideólogo cabal y respetado entre la élite intelectual que piensa que la cultura “seria” (y me quedo corto poniendo comillas) comprende sólo el cine minoritario, la literatura cerebrada de inextricable complejidad y la música de genios capaces de vender a su madre con tal de tocar para el monarca o el pontífice de turno.
El artículo en cuestión confina a una mera categoría de friki a aquellos respetables trabajadores, muchos de ellos padres o madres de familia, que, en su tiempo libre, van a convenciones o reposiciones de Star Wars o El señor de los anillos vestidos de Bobba Fett o Bilbo Bolsón respectivamente, y lo amplía sabiamente para sacarlo del geto subcultural en que lleva tiempo encerrado atribuyendo tal denominación a personajes tan respetados (e incluso respetables) como don Miguel de Unamuno, don Miguel de Cervantes, don Mariano José de Larra, don Gonzalo Suárez o don Juan José Millás, por poner sólo unos ejemplos. Lo mejor es leer el artículo (¿qué haces que aún no lo has leído, pedazo de friki?), pero desde aquí queremos dar las gracias a don Javier Cercas por intentar ampliar la mirada de aquellos que creen que un friki es aquel ser descerebrado que nació con los mandos de una PS3 en las manos o que no sabe hablar de otra cosa que no sea la problemática del paisajismo arquitectónico de Gotham City y su repercusión en los hombres murciélago.
En una de mis novelas inéditas un personaje dice: “Un friki es un intelectual con universo expandido”. Y, modestia aparte, tiene razón. El mismo Fernando Trueba reconoce que no entiende a aquellas personas que, interesadas por un tema o un artista, no se desviven por intentar encontrar, contemplar o conocer todo lo referente a ese tema o a ese artista. El friki es apasionado hasta la obsesión; un ejemplo de fidelidad y solidez como pocos en este planeta; un ser intertextual con infinitas ramificaciones y, por tanto, ilimitadas posibilidades conversacionales. Un tipo peculiar, vaya, con una concepción del mundo tan extravagante como extraordinaria.
¿Alguna vez ha jaleado a su líder político favorito cuando éste ganó unas elecciones? ¿O ha sentido que le subían los calores y los colores cuando alguien criticó a ese mismo líder? ¿Ha hecho más de una hora de cola para ver a su grupo o cantante preferido en directo? ¿Para ver una exposición sobre tal o cual movimiento artístico? ¿Para que su escritor predilecto le firmara un libro? ¿Ha salido a la calle con los colores de la bandera de España para animar a la selección? ¿Va al gimnasio con frecuencia y mira en Internet para qué sirve cada ejercicio? ¿Le van las dietas saludables y se interesa por saber lo que come? ¿Va a misa los domingos? ¿Lleva una estampa de San Francisco de Asís en la cartera? ¿Un llamador de ángeles al cuello? ¿Ha pedido en la peluquería que le dejen el pelo como tal actor o tal actriz? ¿Va a ver las películas de Woody Allen el mismo día del estreno? ¿Busca en Wikipedia datos sobre su cantante de blues o rock favorito o su director de cine de cabecera?
martes, octubre 05, 2010
EXCLUSIVA INTERPLANETARIA
El planeta en cuestión ha sido bautizado con el nombre de Gliese 581g y ya existen grupos de fanáticos que ven en su conquista (o en el contacto con sus hipotéticos habitantes) la única esperanza que le queda a la Humanidad.
La noticia en sí es estimulante, pero eso no es nada. Este humilde bloguero ha accedido a un documento impresionante que demuestra que los habitantes de Gliese 581g (Scxilla en lengua vernácula) ya tenían conocimiento de la existencia de nuestro planeta antes de que aquí los avistáramos por primera vez (si es que siempre somos los últimos en todo, copón).
El Correo de Scxilla. Edición mediodía. Día 534 del Sexto Mes de la Era Urut.
DESCUBIERTO PLANETA HABITADO FUERA DE NUESTRO SISTEMA

Fin de la transmisión...
lunes, junio 14, 2010
El campeador inmortal

Recuerdo que algo parecido me pasó a mí en mi primera visita al Museo de Cera de Madrid. En una gran sala, creo recordar que cerca del tiovivo, estaban los clones de los tres hermanos Marx. Ya desde niño me gustaban sus películas. Simpatizaba con el divertido y tierno Harpo; me divertían las argucias de Chico y su virtuosismo con el piano; pero sobre todo admiraba la labia, el desparpajo y la anarquía de Groucho, cuya actitud ante la vida me preocupé de intentar imitar hasta que la maldita lucidez me enseñó que el guión de la existencia es mucho más aburrido y estricto que el de esas alocadas comedias donde todo era posible.
Fue en casa, hojeando el catálogo del museo, cuando comprendí que ese señor, cuyo verdadero nombre era Julius, había muerto en Los Ángeles el 19 de agosto de 1977, lo que significaba que su existencia y la mía habían coincidido en el tiempo durante casi un año. Eso me hizo reflexionar, y el resultado de mis reflexiones me enojó con el mundo. ¡Un año! Durante un año tuve la posibilidad de haber conocido en persona a Groucho Marx, pero él tuvo la nefasta idea de morirse demasiado pronto. Recuerdo que no se lo perdoné durante años, aunque el tiempo me indicó que era injusto echarle a él toda la culpa. Después de todo, ¿cómo iba un niño de menos de un año a viajar a Los Ángeles sólo para conocer a un señor enfermo cuya existencia (y posterior influencia) ignoraba por completo?
En fin, que Julius murió y yo me hice mayor con sus películas, sus libros y su bigote. Gané un concurso en el carnaval del cole por disfrazarme de él, superé la incómoda convalecencia de una operación que se complicó gracias a sus guiones radiofónicos, y aún reviso con asiduidad el impagable legado cinematográfico que nos dejó, que no es sino una lección de actitud positiva y crítica ante la vida.Por eso no tiene importancia que aquel viejo y ese bebé no llegaran jamás a conocerse. Groucho, al igual que Oscar Wilde, siguió haciendo reír, pensar y disfrutar incluso después de muerto.
Para que luego digan del Cid.
miércoles, marzo 17, 2010
BALANCE Y CAMBIO DE MARCHA
Llegado a este punto, es el momento de relajarme y recordarme a mí mismo, y a los amables lectores que no tienen nada mejor que hacer que seguirme, los asuntos que dejé pendientes y los que aún estoy por emprender.
En estos meses han ocurrido muchas cosas; entre ellas que presentamos “El chico que no miraba a los ojos” en la Fnac de Callao. Este libro, por el momento, sólo me ha dado alegrías. Las críticas no pueden ser mejores. Ha superado las expectativas de los fans de “Hay alguien ahí” al tiempo que satisfacía a muchos lectores que, por despiste, amistad o bibliofagia, le han hincado el diente sin haber visto la serie en su vida. Es más, sin pretender verla e incluso vanagloriándose de ello. Por otro lado (siempre hay dos caras, que se lo digan a Batman), la discutible gestión de Cuatroº para con la serie, el bajo nivel de audiencia y los bailes en el horario de emisión, parece que pueden perjudicar las ventas del libro. Mi opinión me la guardo, pero pueden imaginar que no incluye arcoiris ni mariposillas revoloteadoras.
Como llevo ya mucho rollo soltado, ilustro el discurso con unas fotillos del evento.



Entre los demás acontecimientos, cabe destacar que hemos superado los 200 fans en Facebook (me han dicho que Stephen King y Belén Esteban tiene algunos más, pero me la refanfinfla); que unas encantadoras y emprendedoras periodistas han creado un blog promocional muy currado que lleva por nombre La mirada de Magano; y que mi novia y yo estamos a punto de cambiarnos de piso. ¿Adónde? Eso no lo voy a contar en este blog, pero si traen vino o pasteles, serán bien recibidos en nuestra nueva morada.
También debo decir que mi novela MUSEUM, que sigue dando vueltas por diversas editoriales, ha sido objeto de lectura y crítica por parte de una buena amiga y lectora, y que su veredicto no puede ser mejor. Por ese motivo no me resisto a reproducir aquí parte de su e-mail:
Bueno Jorge leído, y devorado, me ha gustado muchísimo, me ha resultado rápido y entretenido, original por el ámbito donde se desarrolla, bien escrito, buenos personajes y bien resuelto, con traca final. A mi has convencido totalmente , espero que no tarde en ver la luz....gracias por dejarme leerlo.
Gracias a ti, guapísima. Después de esto, tecleo con más ímpetu y con una sonrisa de oreja a oreja que amenaza con quebrarme la quijada.
Entretanto continúo llevando la tutoría de un par de talleres literarios en la Escuela de Escritura de Carmen Posadas y Gervasio Posadas y me dispongo a retomar un proyecto que dejé aparcado antes de ponerme con los guiones. Una novela que sorprenderá a propios y extraños, que divertirá y hará pensar. En definitiva, un libro que hará las delicias de todos; pero para ello, tengo que escribirlo.
Así que me voy a escribir.
jueves, enero 21, 2010
NARRADORES CATÓDICOS

Teniendo en cuenta la que está cayendo, la idea es macanuda. El mercado editorial en España sigue siendo un mar de secretos en el que el autor se siente desamparado y no siempre recompensado. La piratería amenaza con plantar su huesuda bandera en la pantalla de cristal líquido de los e-books, lo que ha provocado una diáspora en los escritores de ficción, que se ven obligados a buscar otros medios para subsistir. Igual que siempre, vamos.
Como el cine es otro territorio inexpugnable, los que contamos historias hemos puesto las miras en la tele (o, en mi caso, la tele ha puesto las miras en mí). Con la proliferación de cadenas y productoras (siempre en guerra entre sí) y el auge de la ficción televisiva (sólidamente implantada en Estados Unidos y floreciente en territorio patrio), la búsqueda de personajes, tramas, diálogos y conflictos con gancho es una rueda que no deja de girar.
La esencia es la misma: se trata de narrar, expresar, crear, construir y compartir con el espectador. El medio es el que cambia, aunque siempre estuvo ahí. Se habla de la crisis del libro, la crisis del cine, la crisis del teatro... ¿Han oído hablar de la crisis de la tele? A nivel de consumo y popularidad digo, que de contenidos ya hablaremos en otro debate.
martes, diciembre 22, 2009
EL NIÑO QUE DEJÓ DE DIBUJAR. UNA HISTORIA (CASI) DE NAVIDAD
Era fácil reconocerlo. En clase siempre estaba callado, dibujando en un papel (y si no había papel, sobre la propia mesa) o inventando historias que luego sus compañeros escuchaban sin parpadear un segundo antes de dejarle solo y salir corriendo a jugar con el balón que les habían traído los Reyes.
Una vez, el profesor de sociales le pilló haciéndole una caricatura bastante ridícula, y en lugar de regañarle, le pidió que le hiciera otra más grande para enmarcarla. Otra vez le expulsaron de clase por pintar obscenidades en un cuaderno mientras la profesora de lengua explicaba la vital importancia del pretérito imperfecto. Así se ganó las simpatías de unos y la ojeriza de otros, pero todos coincidían en una cosa: como estudiante era un negado.
Excepto en dos cosas: la escritura y el dibujo.
Consciente de que el dios de los artistas le había tocado con su dedo, el niño colmaba cada año la carta a Sus Majestades pidiendo blocs de papel Guarro, estuches con rotrings, lápices, sacapuntas, gomas de borrar y todo lo necesario para convertirse en el nuevo Picasso (aunque él tenía en mente nombres como Walt Disney, Jan o Ibáñez).
Mientras otros daban balonazos, él concentraba sus esfuerzos en el arte de combinar palabras con monigotes, algo que, según sus allegados, no se le daba nada mal. Incluso llegó a obtener algún encargo por parte de amigos y familiares.
Cuando las musas escaseaban, se relajaba experimentando con otro de sus regalos de Navidad favoritos: el Supercinexín. Proyectaba las películas una y otra vez, poniéndoles voz a su antojo, cambiando el argumento a capricho, y cuando ya no daban más de sí, emulaba a los surrealistas y las pasaba al revés, inventando excusas verosímiles para que el Gato Félix en lugar de comerse un plátano lo vomitara intacto sobre su cáscara o lo siete enanitos volvieran a casa desde la mina caminando de espaldas sin chocar con un solo árbol.
Un día creó un personaje al que llamó Jaime Bono. Fue un gran hallazgo, el alter ego perfecto al que haría vivir las aventuras que él siempre había imaginado. Pero el dios de los artistas es antojadizo y la fatalidad en forma de chorro de tinta acabó arruinando tres páginas de su obra maestra.
La realidad se impuso.
La tinta se corrió.
La depresión sobrevino.
Dejó de dibujar.
Dejó de pedir lápices y rotuladores a los Reyes y empezó a pedir libros, películas y viajes, cosas que potenciaran su imaginación, y que la maldita tinta la pusieran otros.
Años más tarde seguía inventando y contando sus historias, pero nunca se volvió a manchar las manos del maldito líquido negro excepto para cambiar el cartucho de la impresora.
Ahora lo único que pide a Sus Majestades es que la vida siga dejándonos señales en el camino. Es nuestro deber saber verlas e interpretarlas. A veces el objetivo no es aquel que nos marcamos, sino el que nos sorprende durante la búsqueda.
Feliz Navidad a todos,
Jorge
jueves, diciembre 17, 2009
¡Y DIOS CREÓ A LA MUJER!

Afortunadamente, la vida y el sentido común me pusieron en mi sitio y me enseñaron que un chiste racista no puede ser bueno sencillamente porque es racista. Otra cosa es hacer bromas con la sonrisa de un negro en la oscuridad, pero creo que cualquier persona con dos dedos de frente sabrá ver la diferencia; mejor incluso que al negro.
Pero hoy no quiero hablar de racismo, sino de otro ismo igual de inútil y preocupante: el machismo. Y es que el otro día, a la hora de la merienda, alguien me llamó machista. Sí, como lo leen, con todas las letras. M-A-C-H-I-S-T-A. A mí, que creo firmemente en la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres; que admiro las buenas cualidades de unos tanto como las de las otras; que no distingo entre gilipollos y gilipollas. Y todo por afirmar que en muchas historias de las que me gustan, la mujer aparece como elemento desestabilizador de la cotidianidad del protagonista masculino.
A lo mejor no pronuncio bien y al decir esto se me ha podido entender algo así como “Las mujeres a fregar” o “El cine y la literatura son cosas de hombres”. Por si acaso me gustaría aclararlo por escrito, sin riesgo de que algún resto de pescado mal masticado interfiera en la correcta articulación de mis palabras.
En la literatura, el cine e incluso, de vez en cuando, en la vida, no hay ideal, guerra o principio que lleve a los hombres a experimentar cambios tan profundos como los provocados por una mujer. Baste con citar que la ninfa Calipso retuvo a Odiseo en su isla durante siete años hasta que éste decidió volver a casa con Penélope. Es decir que una mujer interrumpió su viaje y el recuerdo de otra le incitó a reanudarlo. Pero como Homero queda muy lejos y seguramente sus ideas sean tan erróneas como carcas, vayamos a un narrador tan contemporáneo, universal, reconocido e incluso deificado como Billy Wilder.
Su cine es una colección de fábulas masculinas en las que un hombre cambia por culpa o gracias a una mujer. A veces para bien y otras para mal, pero la metamorfosis es evidente. Fue la señorita Kubelick quien, con su mera existencia, modificó la inmoral y patética conducta de C.C. Baxter en “El apartamento”; una mujer como Sugar Kane quien enfrentó a dos amigos íntimos haciendo que uno de ellos pasara del travestismo a la suplantación de millonarios en “Con faldas y a lo loco”; una futura viuda negra con tobillera quien embarcó al vendedor de seguros Fred MacMurray en una historia de adulterio, estafa y asesinato llamada “Perdición”; la hija del jefe de la central de Coca-Cola en Atlanta transformó en pesadilla la vida del presidente de la sucursal en el Berlín occidental a ritmo de “Uno, dos, tres”; una prostituta parisina con medias verdes conocida como “Irma la dulce” convirtió a un honrado gendarme en un desempleado primero y en un enamorado pluriempleado después; La tentación que vivía arriba y hacía a un feliz hombre casado dudar de su matrimonio era también una mujer... y así podríamos continuar hasta el infinito.
Billy Wilder es uno de mis narradores favoritos, por lo que es lógico que diga que en muchas de mis historias preferidas el elemento desestabilizador tiene forma de mujer. Pero, evidentemente, no siempre es así. A veces es un extraterrestre con cuello largo, otras unos agentes del gobierno, o el robo de unos diamantes. Puede que incluso una bomba atómica. Y en algunos casos es un hombre quien desestabiliza la vida de una mujer, generalmente para mal. Recuerden si no “Thelma y Louise”, donde dos mujeres ven como una excursión de placer se convierte en un viaje a los infiernos debido a la intervención de un hombre que intenta violar a una de ellas y obliga a la otra a pegarle un tiro. ¿Se les ocurre algún elemento desestabilizador más eficaz? “Thelma y Louise” es otra de esas películas que adoro. Pero de momento nadie me ha llamado feminista.
viernes, noviembre 20, 2009
ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA: FRACASO CONTRACORRIENTE

Allí estaban Juanito Navarro, Victoria Vera, Máximo (y Loreto) Valverde, Silvia Tortosa y un largo etcétera de “viejas glorias” de la faceta más decadente del show business, dicho esto con todos mis respetos, tanto a la decadencia como al show business. Representantes del cuarto poder había pocos: Silvia Jato, Juan Luis Cano, Manuel Martín Ferrand e Iker Jiménez entre ellos. Los dos últimos actuaron como maestros de ceremonia junto a la escritora Carmen Posadas. También pululaban por allí el director de cine Antonio Giménez-Rico, el cantante Caco Senante, el inclasificable Octavio Aceves, el actor Manuel Zarzo... todos ellos para honrar y venerar la figura de un hombre imprescindible en las letras españolas del último siglo. Un autor que ha sido vapuleado por la crítica, pero principalmente por él mismo. “No soy quién para dar consejos acerca de cómo escribir, y tengo ochenta novelas para demostrarlo”, dice con toda naturalidad.
Este hombre que vivió su infancia en el Sáhara, que ha contado casi todas las guerras y conflictos internacionales de los últimos cincuenta años, que afirma ufano que ha escrito alguna novela en un fin de semana, que muchas veces prefiere jugar al dominó que sentarse a escribir, y que reconoce que “Tuareg” es el único de sus libros que vale la pena, se ha ganado la enemistad de gobiernos, editores y colegas de profesión al tiempo que ha acumulado miles de amigos y lectores en todo el mundo.
Sus novelas son entretenidas, reales, vividas, exóticas y a la vez cercanas. Exploran lugares remotos que el autor conoce bien, pero al mismo tiempo nos acercan al alma humana, un territorio que se asemeja a la jungla tropical: tan bello a veces como aterrorizador otras. Las últimas tocan temas tan controvertidos y en un tono tan crítico que sorprende pensar que el autor no las haya escrito con el chaleco antibalas puesto.
A lo largo de cincuenta años, Vázquez-Figueroa ha vivido y nos ha hecho vivir; ha pensado y nos ha hecho pensar; ha viajado y nos ha hecho viajar. Nos ha llevado al corazón mismo de la aventura, agitando nuestras conciencias sobre problemas tan graves como la sequía, la corrupción, el cáncer, el terrorismo, la deforestación, la esclavitud o la pederastia. Pero también nos ha divertido con su cinismo, su ironía y su lúcido escepticismo hacia un mundo que conoce como nadie.
Su hiperactividad le lleva a sacar un mínimo de un libro al año, dando como resultado una trayectoria irregular, con obras más logradas que otras, pero siempre fieles al carácter del autor, sin concesiones a la comercialidad (salvo, tal vez, el caso de la desafortunada y séptima secuela de “Cienfuegos”, tan tardía como innecesaria). A cambio nos ha regalado (de un tiempo a esta parte en el sentido literal, ya que todos sus libros se pueden descargar gratuitamente) joyas como “El señor de las tinieblas”, “Alí en el País de las Maravillas” o “Piratas” aparte de las ya mencionadas “Cienfuegos” y “Tuareg”, quizás lo más brillante de su producción.
Como pude decirle ayer, tengo la gran suerte de haber leído muchas de sus obras, pero también la suerte, aún mayor, de poder leer muchas otras por primera vez.
viernes, octubre 23, 2009
LECTURAS DE GARRAFÓN (Y II)

Esto me lo comentaba el otro día Santiago Posteguillo, autor de la magnífica y monumental saga dedicada a Escipión el Africano. Muchos de los clásicos de hoy en día, considerados literatura de culto, fueron en su momento meros entretenimientos para el gran público. Algunos quedaron, otros no. Y será la perspectiva del tiempo la que nos dirá si será Umberto Eco o Dan Brown (o los dos) quienes perduren como representantes de la literatura de finales del siglo XX y principios del XXI. Hagan sus apuestas, aunque lo más seguro es que no vivamos lo suficiente para sorprendernos.
Como decía en el capítulo anterior, a mí no me apasiona Dan Brown, pero reconozco que durante muchos años levité con las novelas de Clive Cussler, un autor que busca la diversión ante todo. ¿Lectura de garrafón? El garrafón da dolor de cabeza. Una novela de Cussler puede entusiasmar, divertir, indignar, hacer reír, llorar (ese final de “Amenaza bajo el mar”), invitar a la censura, dar un montón de buenas ideas, dar dos montones de malas ideas, pero nunca da dolor de cabeza, cosa que sí hace, por ejemplo, un libro de Juan Manuel de Prada, a quien jamás perdonaré que convirtiera una novela tan prometedora como “La tempestad” en una desquiciante orgía de barroquismo léxico –encima- premeditado.
Pero hablábamos de Dan Brown, el de la prosa infame. Sobre esto habría que decir que la prosa de Dan Brown importa tan poco como la opinión del contribuyente. O sea, nada. Es un mero vehículo para conducirnos a través de una aventura trepidante a ritmo de ametralladora, de enigma en enigma y de escenario en escenario hasta desembocar en un final sorpresa que nos haga cerrar el libro y olvidarnos de él, pero no del buen rato que hemos pasado. Vale, nos ha engañado vilmente contándonos cosas que no son verdad de algo llamado Priorato de Sión, ha mentido acerca de Bernini, ha retratado una Sevilla que no quisieran para sí ni las Favelas y Dios sabe cuántas cosas más. Pero Billy Wilder quiso que nos creyéramos que Jack Lemmon podía pasar por una mujer. Y aún no he oído a nadie ofenderse por ello.
¿Les confieso un secreto? Leer un libro no tiene por qué tener como objetivo desvelar los misterios del cosmos o la existencia (cosa que, de momento, no ha conseguido nadie). Leer un libro puede servir, simple y llanamente, para disfrutar del ocio igual que haría quien va a un karaoke a cantar con los amigos mientras se pone ciego a cubatas (de garrafón, generalmente). Disfrutar y divertirse, algo que no cabe en la cabeza de aquellos que, después de salir del baño de hacerse un solitario (perdón por la vulgaridad, hoy estoy sembrado) se preparan el tercer Ballantine´s y, con flojera en la mandíbula, critican las lecturas del prójimo sólo porque el nombre del autor no sólo no es imposible de pronunciar, sino que ocupa más portada que el título de la obra. ¿Pero nos vamos a meter con el marketing a estas alturas? ¿Vamos a prender la mecha al lado de “Casablanca”, “Lo que el viento se llevó” o “Blancanieves y los siete enanitos”? Como siempre, el tiempo pone las cosas en su sitio.
En fin, ustedes sigan metiéndose lo que quieran para pasar el fin de semana, que yo me dedicaré a pasar las páginas a “El símbolo perdido”.
La resaca posterior es cosa mía.
viernes, octubre 16, 2009
LECTURAS DE GARRAFÓN (I)

Ya sé que lo saben, pero dentro de unos días sale en España la última novela de Dan Brown: “El símbolo perdido”. Y, como también saben, lo hace con una tirada de chorrocientos mil ejemplares, muchos de los cuales ya están reservados. El resto de la información pueden obtenerla con sólo abrir un periódico o poner la tele, porque en cuestión de promocionar los éxitos seguros, los medios de comunicación no se cortan un pelo.
Yo, que no soy fan de Dan Brown pero tampoco le mandaría a la garrucha (con él he aprendido a dominar el tiempo, el ritmo y la velocidad, y también cómo no construir personajes ni elaborar diálogos), tengo ganas de leer esta novela. Y tengo ganas de leerla al margen de que la haya escrito un tipo que venda mucho o poco, que se documente poco o nada, y que su obra conste de dos libros que me tuvieron enganchado durante horas, otro que no vale el papel en el que está escrito y otro que ni he leído ni falta que me hace.
Antes de que se avergüencen de estar leyendo este blog y se pregunten por qué este humilde novelisto emprende hoy una cruzada a favor de ese tipo de libros y no de los otros, mucho más dignos y virtuosos, me adelanto y respondo: porque los otros ya están bien defendidos. Aún no he oído a nadie decir “Ese cabrón del Delibes, cómo nos tima a todos” o “El hijo de la Charo no hace más que leer a Fitzgerald. Qué pérdida de tiempo, con lo listo que parecía”.
La literatura es entretenimiento, y a quien le pique que se ponga Fernergan. Pero todo entretenimiento que se precie debe estar sazonado con algo más. Y es ese “algo más” lo que, precisamente, favorece el entretenimiento. Lo que quiero decir con este aparente galimatías es que, al menos para mí, una obra que no aporte absolutamente nada (cierta cultura, un interés por unos hechos, el tratamiento de algún tema universal, un personaje y su forma de ver el mundo, determinadas teorías más o menos viables) nunca será un libro entretenido sino un tostón ilegible confeccionado a base de vaciedad.
Hay quien dice que este tipo de libros (ya saben, esos que van impresos y encuadernados y que la gente devora con avidez) no aporta nada al intelecto ni al conocimiento de los lectores. No puedo estar menos de acuerdo. Igual que no hay mejor lección de geografía que las obras completas de Julio Verne, muchos thrillers de aventuras, con la excepción de los peores, tratarán siempre de un tema del que se pueda sacar más chicha. El problema de “El código Da Vinci” no es “El código Da Vinci”. El problema es dar por hecho que lo que en esa novela se cuenta es tan cierto como la wikipedia. ¡Crasos errores ambos! Lo que se exige en este caso es más sentido crítico y menos credulidad por parte del lector. Y si diez millones de personas se acercan a ver la Mona Lisa porque han leído algo de ella en un libro... ¡olé por las gónadas de Da Vinci, Mr. Brown y sus asesores de marketing!
Leer es una combinación maravillosa de ocio, reflexión y cultura. Cuando una obra reúne los tres requisitos, se convierte en sublime. Dos de los libros que más he disfrutado este año se llaman “Ensayo sobre la ceguera” de un tal José Saramago y “En busca de la Atlántida” de Andy McDermott, donde hay más tiros y explosiones por página que en las dos guerras mundiales juntas. Los dos libros son diferentes, pero ambos tienen algo en común: están impresos en papel, me han proporcionado grandes momentos de lectura, son sumamente entretenidos y han vendido miles de ejemplares. ¡Qué hermosas sensación la del privilegiado lector todoterreno que huye de los prejuicios para caer en el placer puro del negro sobre blanco! Además, que un libro venda o mucho es poco no es sinónimo de calidad o ausencia de la misma. Hay superventas que se las traen de lo malos que son y otros que son auténticas joyas. Y viceversa. Por ejemplo, "La Isis Dorada" vendió poquísimo y es un libro extraordinario.
Bueno, pues este momento de autocera es tan bueno como cualquier otro para cortar el rollo hasta la próxima ocasión.
(CONTINUARÁ...)
miércoles, octubre 14, 2009
EMÉRITO POSTEGUILLO

De todo esto nos enteramos el martes pasado en la presentación para los medios de “La traición de Roma”, cierre de la monumental saga que Posteguillo dedica a la figura de Publio Cornelio Escipión, y que tuvo lugar en un entorno tan interesante y apropiado como el museo romano de Mérida. Allí, el autor valenciano destacó la importancia de este personaje que venció a los cartagineses, afirmando que “Gracias a Escipión, hoy somos como somos”.
Para Posteguillo -como para servidor- la literatura es un modo de entretenimiento que sirve como vehículo para la cultura. Quien lea “La traición de Roma” (o sus dos precuelas, “Las legiones malditas” y “Africanos, el hijo del cónsul”) se verá inmerso en la Roma republicana, en sus grandes batallas y conquistas, y en la vida cotidiana de sus gentes. Asistirá a un espectáculo de primera al tiempo que aprende infinidad de detalles históricos gracias a la laboriosa y contrastada documentación que Posteguillo maneja con soltura y que inserta, no a paladas, sino con la finalidad de instruir deleitando, sin perder nunca de vista la función dramática que, para todo buen relato, debe ser lo primordial.
Fue especialmente interesante asistir a las “tribulaciones” de un escritor ante las vitrinas de un museo. Es allí, en frente de pequeños fragmentos de vasijas, estatuillas de dioses o terra sigillata, donde la imaginación se dispara en busca de preguntas que, posteriormente, encuentran respuesta en los libros de Historia y destino en las páginas de las novelas. Posteguillo nos habló de la importancia de las fuentes directas (aquellas que se pueden ver y tocar), y que con la ayuda de las fuentes escritas, dan lugar en la mente del novelista al desarrollo de imágenes, escenas y capítulos.
A quien esto escribe, la original exposición le pareció doblemente fascinante, debido al hecho de que uno, aparte de autor, es licenciado en Historia del Arte, por lo que su mirada ante las piezas del pasado se abre con más variedad de perspectivas que la de aquel que sólo es novelista o historiador.
Si tienen ocasión, echen un vistazo a la saga de Escipión escrita por Santiago Posteguillo. Como dice uno de sus lectores: “Dale veinte minutos al libro y no podrás desengancharte”. Ayer, en un trayecto en autocar de tres horas, pude constatar que esto era así.
La traición de Roma.
Santiago Posteguillo.
Ediciones B.
lunes, julio 13, 2009
ENCUENTRO CON JAMES ROLLINS
El viernes pasado tuvo lugar en la librería Mysterious Bookshop de Nueva York un encuentro con varios escritores invitados a Thrillerfest 2009, el festival de novela de misterio y aventuras que se celebra cada año en esta ciudad.
La librería es de por sí una joya para todos los amantes del género: estanterías que llegan hasta el techo, libros nuevos, antiguos, una sección dedicada al pulp, otra sólo para Sherlock Holmes y Sir Arthur Conan Doyle, y una decoración muy apropiada que incluye esqueletos ahorcados y otras lindezas. También hay una buena colección de libros firmados por autores como Robin Cook, Douglas Preston y Lincoln Child, James Patterson, etc.
Yo fui allí con el expreso deseo de conocer a James Rollins, el autor de la serie Sigma Force así como de la novelización de la última película de Indiana Jones. Rollins es un veterinario, aventurero y novelista que escribe dos libros al año y con quien compartí editorial en España, ya que su "Map of bones" (aquí titulado "El sarcófago de los reyes magos") y mi Isis Dorada fueron publicadas por Suma de Letras.
A Jim le hizo ilusión enterarse de esto, así como de que fue su libro el que me hizo conocer el sello que publicó mi opera prima. A mí charlar un rato con él, compartir una copa de vino (aunque él sólo tomó Cocacola Light) y pedirle que me dedicara su último libro: "The Doomsday Key". De esta manera, Rollins y servidor somos ya como hermanastros de papel, o algo así, uno a cada lado del charco.
Thanks, Jim.
Más información sobre James Rollins en: www.jamesrollins.com
miércoles, julio 08, 2009
ESCRIBIENDO EN NUEVA YORK
jueves, mayo 21, 2009
PERIPLO SUREÑO



